Vino en prosa

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Los que me conocen dicen haberme visto jugar con la madera, repasando cada astilla curva en su sentido estricto hacia el principio del metal.
Cuentan que suelo golpear suavemente las uñas contra el vidrio, dejando salir el sonido ondulante de la copa hacia los recuerdos.

Sin embargo, a pesar de mis aristocráticos modales, dicen, es casi imposible tomar conmigo un vino de improvisto. Para mí significa mucho más que descorchar y degustar, lo siento casi como el “sentarme a esperar la sentencia de mis sentidos”. Imagínense lidiar con esa filantropía cada vez que nos redimimos a la mesa de un amigo: las anécdotas pierden toda su sensual efervescencia.

En fin, los entiendo y los respeto, aunque digan también que arrebato los asados, pero esa es otra historia.

 

Andrés Conte, 2014

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